27 de julio de 2009

PARTE 1

El manzano encantado se veía especialmente brillante esa mañana. Mientras el sol se iba levantando en ese amanecer, las gotas de rocío parecían bailar al compás de esa primera brisa primaveral.

En los huecos que el viejo manzano tenía entre los nudos, vivían algunas de las hadas más activas y protectoras del bosque. Campanita era la líder del grupo de cinco hadas del manzano y, con su largo cabello castaño y enormes alas violetas parecidas a las de una cigarra, dirigía las actividades del día.
Ella era la encargada de hacer que las demás hadas trajeran semillas de girasol, uvas y semillas de amapola para la comida. También de que buscaran hojas de parra, pastos y ramitas secas para armar las camas, de que juntaran agua en cáscaras de nuez, y de que cuidaran de las flores y los animales de aquel bosque.
Cada una de las hadas de este grupo llevaba un dije protector colgado al cuello con su inicial. El dije de Campanita era especial y se iluminaba con la inicial del hada que estuviera en peligro.

Ese día, las cinco habían salido a hacer sus tareas habituales.
Estrella, la de los ojos verdes y rulos con el color del mar, salió en su unicornio plateado a cosechar amapolas y uvas.
Luz, la de ojos enormes y transparentes, era quien tenía que traer pastos. Ella podía hacer eso sin problemas, porque su poder mágico de congelar a los animales le permitía protegerse incluso aunque aparecieran serpientes, que suelen estar escondidas en el pastizal ondulado de ciertos lugares. Ni siquiera le hacía falta recurrir al hechizo luxor para dejarlas petrificadas. Con sólo un guiño de sus perlados ojos podía dejar inmóvil a cualquier animal.
Milagros era el hada encargada de cuidar los pimpollos. Se paseaba de aquí para allá con su piedra de color azul marino que terminaba en una punta con forma de estrella plateada. Ese cristal mágico le permitía detectar si había algún enemigo cerca y construir inmediatamente un muro invisible que le impediría pasar. Incluso algún que otro mago malvado había quedado excluido por la pantalla de Milagros.

Casimira se encargaba de cuidar a los animales del bosque, de ver que tuvieran alimento, agua y un refugio. Ayudaba a que los pequeños encontraran a su mamá si se perdían en el camino. Ella era antes la encargada de las flores, pero desde aquel día en que las convirtió en piedra por error, ya Campanita decidió asignarle otra tarea. No es que Casimira fuese mala, sino que era sólo una aprendiz en aquel momento y, por proteger a las flores de un hechicero maligno que quería estropearlas, hizo un encantamiento que no le salió tan bien como esperaba y las flores se volvieron estatuas de piedra.
Campanita deshizo el hechizo y las flores revivieron, pero Casimira, que soñaba con convertirse en hada madrina, tuvo que seguir practicando con los animales, que tenían más fuerza para defenderse que las tiernas flores.

Las cinco hadas estaban muy ocupadas con sus tareas y no vieron que allá en lo alto, encima de los cipreses, había una batalla entre cuatro magos: Drey y su hermano Pancracio, dos brujos buenos, y Orfin y Juan, dos brujos terriblemente malvados.
A lo lejos sólo se notaban los rayos que salían de las varitas de estos magos y el humo color gris plomo que los envolvía en esa pelea tan encarnizada. Habían encontrado el libro escondido de los siete candados, el que encierra la historia de todos los hechizos habidos y por haber en este mundo, y cada uno quería apropiárselo.
CONTINUARÁ